La globalización ha llegado a nuestras neveras y con ella valoramos cada vez menos los alimentos autóctonos de temporada. Para empezar es cada vez más difícil identificar los alimentos propios de nuestra zona en cada temporada, ya que los supermercados y demás comercios venden todo el año los mismos productos.

Uno de los problemas de consumir frutas, verduras y demás alimentos que no crecen en nuestra zona o que no son de temporada, es que tienen que recorrer muchos kilómetros hasta llegar a nuestro plato. Estos alimentos kilométricos generan la emisión de grandes cantidades de CO2. Al ser parte de la cadena de alimentación industrial, los alimentos kilométricos generalmente van asociados a la agroindustria que requiere gran cantidad de pesticidas y fertilizantes, así como gasolina para su producción y transportación ( entrepueblos.org ). La organización Amigos de la Tierra publicó un informe en el año 2011 llamado “Alimentos Kilométricos”, en el que se aportan datos sobre los kilómetros que recorren los alimentos para llegar a España y las emisiones de CO2 que ello conlleva. Según “GRAIN”, el sistema agroalimentario industrial actual es responsable del 44-57% de las emisiones de gases con efecto invernadero. GRAIN calcula que una redistribución mundial de tierras, articulada con políticas que fomenten el comercio local y corten el uso de químicos, puede reducir a la mitad las emisiones globales de gases con efecto invernadero en unas cuantas décadas.

Los alimentos de cercanía y de temporada han madurado de forma natural. Los alimentos que provienen de lugares lejanos, sin embargo, han sido sometidos a procesos de maduración artificial, lo cual puede influir en el sabor y consistencia de los alimentos. Las características nutricionales de los alimentos también se pueden ver afectadas, ya que con el tiempo se pueden ir perdiendo ciertos nutrientes, como es el caso de las vitaminas.

La globalización de la alimentación en detrimento del consumo autóctono y de cercanía, nos conduce hacia una importante pérdida de agrodiversidad. La dieta actual es cada vez menos variado y el proceso de homogeneización de lo que comemos nos hace depende de unos pocos cultivos en manos a algunas empresas que producen a gran escala en la otra punta del planeta (Esther Vivas “El negocio de la comida”).

La encuesta “De agricultor a consumidor”, encargada por Amigos de la Tierra, muestra que más de un 90% de la ciudadanía española está convencida de que comprar alimentos locales fomenta la creación de empleo local. Las políticas actuales y el apoyo que recibe la agroindustria se han traducido en la pérdida de miles de pequeñas explotaciones agrarias. Un 91% de los encuestados reclama a los responsables políticos una propuesta que garantice la implementación de una producción local y sostenible en el marco de la Política Agraria Común.

En conclusión, los alimentos de cercanía y estacionales permiten consumir alimentos frescos y de mejor sabor. Requieren cadenas cortas de distribución, con menor emisión de gases con efecto invernadero. Al consumir este tipo de alimentos, promovemos la agricultura y la economía local y nos aseguramos dieta variada que fomente la agrodiversidad. Otra ventaja de este tipo de consumo, es que algunos productos locales suelen ser más baratos, sobre todo en temporada.